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Desde que abrió sus puertas en 1903, el Wembley ofreció buenos tragos y generosos banquetes, convirtiéndose en el puerto de encuentro de marinos y recién llegados de todo el mundo. En pocos años corrió su fama por la ciudad y comenzó a ser visitado también por parroquianos orilleros y de clase, quienes fueron impregnando sus paredes de historias. Hoy, renovado y espacioso, el viejo Wembley sigue manteniendo intacta la particularidad que lo convirtió en único: la de deleitar con su cocina internacional o con un asado campero bien argentino.

 

El Frustrado Comprador

 

Cuando el hombre moreno – bajo y cuadrado – entró en el local, nadie le prestó demasiada atención. Vestía comúnmente y no tenía modales de caballero. Se sentó en la mesa donde lo esperaba el otro, alto, con poblados bigotes y aspecto extranjero y próspero. El mozo se acercó en silencio. 
-Aceitunas –dijo el petiso- y algo fuerte para tomar.
Hablaba un castellano espantoso, masticando las palabras como si fuera a comérselas. El mozo esperó a su lado. 
-Lo que quiera –volvió a decir el tipo-: yo tomo cualquier cosa y nada me emborracha.
Esperó algún comentario y como el mozo siguió mudo, lo despidió con un gesto. El mozo estaba acostumbrado: trabajaba allí desde la fundación, en 1903, y no se asombraba de nada. Pidió las aceitunas, una bebida cualquiera y volvió a la mesa. El Petiso hablaba sin parar.
- Y seré el rey del mundo, no te preocupes, primo – le decía al otro -; y voy a tener una fortuna que ni se imaginan. Más rico que los ricos… 
Se rió de sus propias palabras. El otro dijo: “¿Vos crees?”. Viendo al mozo petrificado a su lado, el petiso lo pudo de testigo: 
- Mírenme bien – dijo -; dentro de poco voy a ser el rey de reyes y me comprare lo que quiera. También este lugar. ¿Cómo se llama?
- González – contesto el mozo. 
- Usted no, el local. 
- Wembley – dijo el mozo, impertérrito. Dejó las cosas sobre la mesa y lo miró. “Tiene cara de turco – pensó – o mejor de griego”. Volvió al mostrador. El petiso pregunto al otro “Wembley, eh? Hermoso lugar en el fin del mundo; cuando pueda me lo compro…”
El mozo hablaba con el cajero. “Es un chiflado: dice que se va a comprar el Wembley”. El cajero lo miró serio: “Estos griegos son todos locos. ¿No viste cuando bailan? Les agarra como una locura. Comprar el Wembley, ¡habrase visto!”. 
Los dos tipos se levantaron. Pagó el alto porque el petiso no amagó ni siquiera un gesto. Pero sacó una tarjetita del bolsillo, le estampo una firma y se la dio al mozo. “Dígale al dueño que en cualquier momento le compro el Wembley. Se llama así ¿no?”. Y los dos salieron hasta la zona del puerto. El alto decía algo como “Pichinchou”. 
El mozo metió el cartoncito en uno de los vasos y los llevó hasta el mostrador. El lavacopas lo sacó para tirarlo pero antes le echó una mirada distraída. Tenía apenas dos líneas: ARISTOTELES ONASSIS. Importación de tabacos. Pensó en tirarlo a la basura pero se lo guardó en el bolsillo. El lavacopas – un muchacho entonces – tropezó con el cartoncito 25 años después, revisando viejos papeles. Se acordó de aquel día lejano, un 5 de septiembre de 1925, porque se había enamorado de una clienta. La tarjetita se la vendió, al poco tiempo, a un coleccionista, en 1500 dólares. 
 
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